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Las opiniones eran que el viejo se habí­a resbalado, que el auto habí­a “quemado” la luz roja, que el viejo habí­a querido suicidarse, que todo estaba cada vez peor en Parí­s, que el tráfico era monstruoso, que el viejo no tení­a la culpa, que el viejo tení­a la culpa, que los frenos del auto no andaban bien, que el viejo era de una imprudencia temeraria, que la vida estaba cada vez más cara, que en Parí­s habí­a demasiados extranjeros que no entendí­an las leyes del tráfico y les quitaban el trabajo a los franceses.

El viejo no parecí­a demasiado contuso. Sonreí­a vagamente, pasándose la mano por el bigote. Llegó una ambulancia, lo izaron a la camilla, el conductor del auto siguió agitando las manos y explicando el accidente al policí­a y a los curiosos.

-Vive en el treinta y dos de la rue Madame -dijo un muchacho rubio que habí­a cambiado algunas frases con Oliveira y los demás curiosos-. Es un escritor, lo conozco. Escribe libros.

-El paragolpes le dio en las piernas, pero el auto ya estaba muy frenado.

-Le dio en el pecho -dijo el muchacho-. El viejo se resbaló en un montón de mierda.

-Le dio en las piernas – dijo Oliveira

-Depende del punto de vista -dijo un señor enormemente bajo.

-Le dio en el pecho – dijo el muchacho-. Lo vi con estos ojos.

-En ese caso… ­¿No serí­a bueno avisar a la familia?

-No tiene familia, es un escritor.

-Ah – dijo Oliveira.

-Tiene un gato y muchí­simos libros. Una vez subí­ a llevarle un paquete de parte de la portera, y me hizo entrar. Habí­a libros por todas partes. Esto le tení­a que pasar, los escritores son distraí­dos. A mi, para que me agarre un auto…

Caí­an unas pocas gotas que disolvieron en un instante el coro de testigos. Subiéndose el cuello de la canadiense, Oliveira metió la nariz en el viento frí­o y se puso a caminar sin rumbo. Estaba seguro de que el viejo no habí­a sufrido mayores daños, pero seguí­a viendo su cara casi plácida, más bien perpleja, mientras lo tendí­an en la camilla entre frases de aliento y cordiales “Allez, pépère, c­´est rien, ça!” del camillero, un pelirrojo que debí­a decirle lo mismo a todo el mundo. “La incomunicación total”, pensó Oliveira. “No tanto que estemos solos, ya es sabido y no hay tu tí­a. Estar solo es en definitiva estar solo dentro de cierto plano en el que otras soledades podrí­an comunicarse con nosotros si la cosa fuese posible. Pero cualquier conflicto, un accidente callejero o una declaración de guerra, provocan la brutal intersección de planos diferentes, y un hombre que quizá es una eminencia del sánscrito o de la fí­sica de los quanta, se convierte en un pépère para el camillero que lo asiste en un accidente. Edgar Poe metido en una carretilla, Verlaine en manos de medicuchos, Nerval y Artaud frente a los psiquiatras. ­¿Qué podí­a saber de Keats el galeno italiano que lo sangraba y lo mataba de hambre? Si hombres como ellos guardan silencio como es lo más probable, los otros triunfan ciegamente, sin mala intención por supuesto, sin saber que ese operado, que ese tuberculoso, que ese herido desnudo en una cama está doblemente solo rodeado de seres que se mueven como detrás de un vidrio, desde otro tiempo…”

Metiéndose en un zanguán encendió un cigarrillo. Caí­a la tarde, grupos de muchachas salí­an de los comercio, necesitadas de reí­r, de hablar a gritos, de empujarse, de esponjarse en una porosidad de un cuarto de hora antes de recaer en el biftec y la revista semanal. Oliveira siguió andando. Sin necesidad de dramatizar, la más modesta objetividad era una apertura en absurdo de Parí­s, de la vida gregaria. Puesto que habí­a pensado en los poetas era fácil acordarse de todos los que habí­an denunciado la soledad del hombre junto al hombre, la irrisoria comedia de los saludos, el “perdón” al cruzarse en la escalera, el asiento que se cede a las señoras en el metro, la confraternidad en la polí­tica y los deportes. Sólo un optimismo biológico y sexual podí­an disimularse a algunos su insularidad, mal que le pesara a John Donne. Los contactos en la acción y la raza y el oficio y la cama y la cancha, eran contactos de ramas y hojas que se entrecruzan y acarician de árbol a árbol, mientras los troncos alzan desdeñosos sus paralelas inconciliables. “En el fondo podrí­amos ser como en la superficie” pensó Oliveira, “pero habrí­a que vivir de otra manera. ­¿Y qué quiere decir vivir de otra manera? Quizá vivir absurdamente para acabar con el absurdo, tirarse en sí­ mismo con una tal violencia que el salto acabara en los brazos de otro. Sí­, quizá el amor, pero la otherness no dura lo que dura una mujer, y además solamente en lo que toca a esa mujer. En el fondo no hay otherness, apenas la agradable togetherness. Cierto que ya es algo”… Amor, ceremonia ontologizante, dadora de ser. Y por eso se le ocurrí­a ahora lo que a lo mejor deberí­a habérsele ocurrido al principio: sin poseerse no habí­a posesión de la otredad, ­¿y quién se poseí­a de veras? ­¿Quién estaba de vuelta en sí­ mismo, de la soledad absoluta que representa no contar siquiera con la compañí­a propia, tener que meterse en el cine o en el prostí­bulo o en la casa de los amigos o en una profesión absorbente o en el matrimonio para estar por lo menos solo-entre-los-demás? Así­, paradójicamente, el colmo de soledad conducí­a al colmo de gregarismo, a la gran ilusión de la compañí­a ajena, al hombre solo en la sala de los espejos y los ecos. Pero gentes como él y tantos otros, que se aceptaban a sí­ mismos (o que se rechazaban pero conociéndose de cerca) entraban en la peor paradoja, la de estar quizá al borde de la otredad y no poder franquearlo. La verdadera otredad hecha de delicados contactos, de maravillosos ajustes con el mundo, no podí­a cumplirse desde un solo término, a la mano tendida debí­a responder otra mano desde el afuera, desde lo otro.

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[Este capí­tulo fue enviado por Paula Lavini]