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Y es así­ cómo los que nos iluminan son los ciegos.­ Así­ es cómo alguien, sin saberlo, llega a mostrarte irrefutablemente un camino que por su parte serí­a incapaz de seguir. La Maga no sabrá nunca cómo su dedo apuntaba hacia la fina raya que triza el espejo, hasta qué punto ciertos silencios, ciertas atenciones absurdas, ciertas carreras de ciempiés deslumbrado eran el santo y seña para mi bien plantado estar en mi mismo, que no era estar en ninguna parte. En fin, eso de la fina raya… Si quieres ser feliz como me dices / No poetices, Horacio, no poetices.

­ Visto objetivamente: Ella era incapaz de mostrarme nada dentro de mi terreno, incluso en el suyo giraba desconcertada, tanteando, manoteando. Un murciélago frenético, el dibujo de la mosca en el aire de la habitación. De pronto, para mi sentado ahí­ mirándola, un indicio, un barrunto. Sin que ella lo supiera, la razon de sus lágrimas o el orden de sus compras o su manera de freir las papas eran signos. Morelli hablaba de algo así­ cuando escribí­a: “Lectura de Heisenberg hasta mediodí­a, anotaciones, fichas. El niño de la portera me trae el correo, y hablamos de un modelo de avión que está armando en la cocina de su casa. Mientras me cuenta, da dos saltitos sobre el pie izquierdo. Le pregunto por qué dos y tres, y no dos y dos o tres y tres. Me mira sorprendido, no comprende. Sensación de que Heisenberg y yo estamos del otro lado de un territorio. Mientras que el niño sigue todaví­a a caballo, con un pie en cada uno, sin saberlo, y que pronto no estará más que de nuestro lado y toda comunicación se habrá perdido. ­¿Comunicación con qué, para qué? En fin, sigamos leyendo; a lo mejor Heisenberg…

[Originalmente enviado­ por Anais, de cronopios y flamencos]